Tengo hijos adolescentes. Aquellos que ven en un fino hilo el bien y el mal y por eso me preocupo por sus gustos y aficiones ( aunque en algunos casos no las comparta ).

Muchas veces os he dicho que si quieres predicar, la mejor forma es dando a tu hijo o a tu prójimo ( próximo ) ejemplo. Debo decir que a mí también me parecen muy peligrosos los hombres que piensan tener siempre razón, pero ….. ¿qué modelos tiene ahora nuestra sociedad ?, ¿ quién tiene la razón?, ¿ quién decide quién sobra en este planeta ?

Risto Mejide y sus invenciones hirientes consiguen que esté en el candelero, y más ahora con la reciente presentación de lo que él cree que es un best seller “#Annoyomics: El arte de molestar para ganar dinero”, como si de ésta única forma, es decir, abusando y molestando a los demás puede uno sacar provecho propio. No es muy distinto al anterior que con el título provocador de “Que la muerte te acompañe”, argumenta que “para alcanzar el camino hacia el cielo poco importa lo hecho en la vida, sino más bien cómo se vende”. Y ante esto yo me pregunto… . ¿Vale el éxito a cualquier precio? o ¿nos estamos volviendo locos? Una persona (por ser más educado que él en las calificaciones) que dice tener siempre la verdad y la razón, se nos impone de modelo e incluso se le fomenta su éxito (quizás yo indirectamente contribuya con este artículo a ello). Pero una cosa es pretender tener siempre razón, y otra bien distinta decir que existe una verdad universal sobre el bien y el mal, que todos debemos procurar descubrir.

Hay que decir, además, que esos relativistas light también acuden furtivamente a la verdad objetiva cuando les interesa. Por ejemplo, cuando presentan como malas las guerras, las persecuciones, la esclavitud o el racismo (y supongo que queda claro que estoy de acuerdo en que lo son), están ya dando por establecida una verdad objetiva previa sobre la que no discuten.

De acuerdo, pero ¿qué derecho tengo yo, o cualquier otra persona, a decidir que mi opinión es mejor que las otras?

Es distinto decir de modo altivo «mi opinión es la mejor» (entre otras cosas, porque puede fácilmente no serlo), a decir que, en esa búsqueda de la verdad en que todos debemos estar empeñados, las opiniones que más se acerquen a ella son mejores que las opiniones que estén más lejos.

Lógicamente, el hecho de que exista una verdad universal no da derecho a nadie para ir por la vida como dando lecciones, como engreído poseedor único y absoluto de la verdad: eso sería fundamentalismo como ha escrito Alejandro Llano,

No somos nosotros
los que poseemos la verdad,
es la verdad la que nos posee.

¿De todas formas, y aunque se ha avanzado mucho, no te parece que sigue siendo preciso que la sociedad sea más tolerante y haya menos gente fanática?. Sin duda. El fanático es uno de los más grandes enemigos de la libertad. El fanatismo es como una plaga nauseabunda que anida en el corazón de quien no quiere ver el mal que hace. El fanático se pasa la vida denunciando el mal, pero nunca lo encuentra dentro de sí mismo (habitualmente porque está sumergido en él). El fanático pretende poner a los buenos a un lado y a los malos al otro, y situarse en el lado de los buenos, y decir que a los malos se les puede maltratar: ese es el errado maniqueísmo de la dialéctica del fanático. El fanático olvida que el fin no justifica los medios, que no puede buscarse un fin bueno –y además, dudosamente bueno, en la mayoría de los casos– empleando medios inmorales. Hay que perseguir el mal, pero dentro de la ley y dentro de la moral, y teniendo en cuenta siempre los principios fundamentales de la tolerancia.