La innovación es un término tan manido que hace que muchas veces se frivolice su valor estratégico en los negocios o en su beneficio social. Actualmente, estamos inmersos de pleno en procesos donde las distintas administraciones echan cálculos para hacer más con mucho menos presupuesto; además cuando un emprendedor o intraemprendedor en una empresa pone en marcha el desarrollo de un nuevo negocio no sólo piensa en dinero, hay factores como la pasión, la entrega y el bien común deben no descuidarse, por lo que muchos nuevos modelos de negocio residen más en el corazón que en el bolsillo.

Estas últimas semanas hemos conocido dos grandes proyectos que, sin duda, resaltan por esto último. Uno es un nuevo programa para ayudar a los adultos de Nueva York que tengan problemas de salud mental. Parachute NYC es un proyecto, financiado de manera federal, que ofrece centros de descanso donde los huéspedes pueden registrarse y hablar de sus preocupaciones y temores con los miembros del personal, que tienen sus propias experiencias con el sistema de salud mental.

Los centros son una alternativa de “aterrizaje suave”, basados en la comunidad, en lugar de la hospitalización de emergencia, según su director ejecutivo, Steve Coe: “Hay muchas personas atrapadas en los hospitales que realmente no necesitan estar ahí. Nuestros centros les dan alivio temporal a lo que está pasando”.

Las instalaciones, inauguradas en 2013, están ubicadas en cuatro municipios y tienen habitaciones comunes y dormitorios estilo apartamento. La idea es crear un espacio libre, cómodo y que ofrezca apoyo para los adultos que experimentan o temen una crisis emocional.

Este tipo de centros han ahorrado más de 50 millones de dólares en gastos hospitalarios en el transcurso de estos tres años. En 2012, 43’7 millones de adultos en Estados Unidos pasaron por alguna crisis mental, según datos del Instituto Nacional de Salud. Esto representa el 18,6% de todos los adultos en Estados Unidos. Cualquier enfermedad mental está definida como un trastorno mental, de comportamiento o emocional (dejando fuera los trastornos de desarrollo o por abuso de sustancias) y su impacto puede ir desde ningún impedimento o impedimento leve, hasta un impedimento considerable.

El otro caso viene de la mano de niños y niñas en edad preescolar que están cambiando radicalmente la vida de unos 400 ancianos, aunque se puede decir que el cambio se produce también en los pequeños. La residencia de mayores “Providence Mount St. Vincent” en Seattle convive con el Centro de Aprendizaje Intergeneracional. El primero, alberga a unos 400 ancianos, mientras que el segundo se dedica al cuidado y la educación de niños menores de 5 años. Allí, los dos extremos generacionales interactúan, logrando asombrosos resultados.

El objetivo de esta experiencia innovadora es contribuir con los niños para que aprendan sobre la vejez, un programa que intenta acercarlos al proceso natural del envejecimiento y a saber tratar con personas con discapacidades, y por supuesto, a dar y recibir amor. A través del programa, según señalan: “Los niños y los residentes se unen en gran variedad de actividades planeadas, como arte, música, contar historias o simplemente de visita. Esto mejora las oportunidades de niños y personas de todas las edades de interactuar con frecuencia”.

Los ancianos experimentan también sus beneficios, porque como realizan actividad física al jugar con los pequeños, y además mezclando la jornada con la risa, el juego y la alegría tienen oportunidades de transmitir distintos conocimientos de una manera más fluida, a la vez que la interacción impacta positivamente en su autoestima.

En suma, son ejemplos de innovación social cada vez más emergente, más productiva y más humana.