Con tres ejemplos de vida excepcionales, que bien han sido calificados como «héroes de nuestros días», quiero transmitir fe y esperanza en la especie humana y concluir que cada uno de nosotros con paciencia y perseverancia debe aportar los mejor de sí mismo.

Historia de Elzéard Bouffier

Jean Giono escribió hace tiempo un magnífico relato sobre un curioso personaje que conoció en 1913 en un abandonado y desértico rincón de la Provenza (Francia). Se trataba de un pastor de 55 años llamado Elzéard Bouffier. Vivía en un lugar donde toda la tierra aparecía estéril y reseca. A su alrededor se extendía un paraje desolado donde vivían algunas familias bajo un riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el continuo deseo de escapar de allí.

Aquel hombre se había propuesto regenerar aquella tierra yerma. Y quería hacerlo por un sistema sencillo y a la vez sorprendente: plantar árboles, todos los que pudiera. Había sembrado ya 100.000, de los que habían germinado unos 20.000. De esos, esperaba perder la mitad a causa de los roedores y el mal clima, pero aún así quedarían 10.000 robles donde antes no había nada.

Diez años después de aquel primer encuentro, aquellos robles eran más altos que un hombre y formaban un bosque de once kilómetros de largo por tres de ancho. Aquel perseverante y concienzudo pastor había proseguido su plan con otras especies vegetales, y así lo confirmaban las hayas, que se encontraban esparcidas tan lejos como la vista podía abarcar. También había plantado abedules en todos los valles donde encontró suficiente humedad. La transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta aquel lugar lo habían notado, pero lo atribuían a algún capricho de la naturaleza.

En 1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de altura. Cuando aquel hombre falleció, en 1947, había vivido 89 años y realmente esos parajes habían cambiado mucho. Todo era distinto, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos, soplaba una suave brisa cargada de aromas del bosque. Se habían restaurado las casas. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar se había convertido en un sitio donde era agradable vivir. En las faldas de las montañas había campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas ahora se extendían campos esmeradamente cuidados. La gente de las tierras bajas, donde el suelo es caro, se había instalado allí, trayendo juventud, movimiento y espíritu de aventura.

«Cuando pienso –concluía el escritor francés– que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto, me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e iletrado, que fue capaz de realizar un trabajo digno de Dios».

Un hombre planta árboles y toda una región cambia. Todos conocemos personas como este hombre, que pasan inadvertidas pero que allá donde están, las cosas tienden a mejorar. Su presencia infunde optimismo y ganas de trabajar. Se sobreponen a contratiempos y dificultades que a otros los desalientan. Poseen una rebeldía constructiva, y sus pequeños o grandes esfuerzos hacen rectificar el rumbo de las vidas de los hombres.

Es preciso tener fe en que el hombre puede transformarse y cambiar, tanto él mismo como el entorno que le rodea. Cada uno debe sembrar con constancia lo que él pueda aportar: su buen humor, su paciencia, su profesionalidad, su capacidad de escuchar y de querer. Podrá parecer poca cosa, pero son elementos que acaban por hacer fértiles los terrenos más áridos de nuestras familias y de nuestras empresas.

Si realmente, amigo lector, tú me juzgas y me consideras un charlatán yo tengo personas que me rodean y que me muestran esto cada día, simplemente con su testimonio de vida, podría mencionarte muchas, con sus simples nombres: Daniel, Rafael, Mauro, Gonzalo, Gemma, Paco, Inma. Estoy seguro que tu también tienes “hombres y mujeres de acero a tu alrededor“.

Historia de Rick & Dick Hoyt

La imagen que vas a ver a continuación se trata de la historia de un padre australiano que realizaba año tras año el Ironman de su país y su mayor ilusión era competir al lado de su hijo dicha prueba, el cual nació con parálisis cerebral.

El australiano nunca vio la situación de su hijo como obstáculo y entrenó muy fuerte junto con su hijo varios años hasta que llegó la hora, la edición de este año.

El australiano de 60 años inscribió a su hijo y a él mismo al Ironman de Australia. Esta es una prueba para gente grande….realmente gente con mentalidad ganadora, ejemplar y con convicciones realmente fuertes y terminar el Ironman es algo fuera de este mundo. Para darte un parámetro, la competición está compuesta de tres partes comenzando al amanecer:

1.- Nadar en el mar o en un lago un tramo de 4 kms (con el frío de la mañana)

2.- Salir de nadar y tomar la bicicleta de ruta y recorrer un trayecto de 180 kms ininterrumpidos, con subidas y bajadas muy pesadas.

3.- Terminando la ruta de bicicleta, se termina la prueba con un maratón de 42.5 kms, lo cual es una prueba extremadamente agotadora tanto física como mental.

El australiano – de la historia – lo terminó en casi 17 horas, donde las autopistas, circuitos, etc, están cerrados para el tránsito de los lugareños doce horas y así al finalizar, poder, continuar la vida como cualquier otro día, pero en este caso, al ver la prueba y quien la estaba ejecutando, dejaron cerrado el circuito hasta que la terminaran por completo.

Dos ejemplos de tenacidad, de tesón y de vida

A continuación incluyo dos videos, dos en inglés sobre la historia de éste hombre y su hijo, videos que tienen la categoría de documentos excepcionales


Historia de Conner y Cayden Long

Conner siempre persiguió el sueño de compartir tardes de ocio con Cayden. El mayor de los tres vástagos del matrimonio Long imaginaba cómo jugaría al básket, al fútbol americano o cómo montaría en bici con él por las calles de White House (Tennessee). Con cuatro años no entendía como su hermano pequeño no podía moverse. Sus padres le explicaron que a los cuatro meses de nacer, los médicos descubrieron que Cayden padecía una parálisis cerebral, que genera rigidez de movimientos e impide a quien la sufre caminar o hablar.

Si el lazo fraternal es una de las ramas más vigorosas de un árbol genealógico, en el caso de los hermanos Long lo es más. La enfermedad de Cayden ha reforzado su relación con Conner. Con el paso del tiempo se ha convertido en su mejor amigo. El mayor de los Long se desvive por su hermano: “Me encanta hacerle cosquillas, siempre tiene una sonrisa en los labios, nunca se enfada”. Conner le cuida, le da de comer y, sobre todo, juega con él porque ¿no es lo habitual entre dos niños?

Ahora, a sus siete años Cayden va a la escuela en autobús cada día como cualquier chaval de su edad. “Tras el dolor inicial de ver que tu hijo no será como los demás, llegas a la conclusión de que él no ha de vivir recluido en casa, de que Cayden podía hacer muchas cosas, sólo era cuestión de voluntad. Si se quiere, se puede”, comenta Jenny Long, madre de Conner y Cayden.

Desde su silla de ruedas, Cayden mira al mundo con la inocencia que encierran los ojos de un niño. Ha aprendido a interpretar el lenguaje con señas y se siente especialmente feliz cuando se zambulle en la piscina. Ahí, sumergido en el agua, su cuerpo flota y se mueve con la misma facilidad que su hermano. “Lo que más duele es no oír expresar a tu hijo sus pensamientos, sus necesidades. Muchas veces me pregunto cómo sería su voz”, comenta Jenny.

A Conner sólo le dolía no poder practicar deporte junto a su hermano hasta que un día el destino le dio una oportunidad. En la primavera de 2011, Jenny leía en la revista Sumner Parent un artículo sobre el Triatlón The Kids Nashville. Los ojos de Conner se iluminaron al ver a niños como él en el agua, encima de una bici y en plena carrera. “¿Puedo participar con Cayden?”, preguntó a su madre. El corazón de Jenny dio un vuelco. “Nunca le quieres decir que no a tu hijo, no supe qué contestar”, recuerda.

Jeff, padre de los Long, contactó con los organizadores. Esta prueba había tenido participantes con necesidades especiales como niños con diabetes o que les faltara algún miembro, siempre ayudados por alguno de sus padres, pero nunca por un hermano de corta edad. Los Long recurrieron también a Mandy Gildersleeve, un entrenador de triatlón juvenil de Florida, que les facilitó el material necesario para tomar la salida.

En junio de 2011 el sueño se convirtió en realidad. Conner se lanzó al agua para completar los 100 metros de natación. Una cuerda le unía con una balsa en la que viajaba Cayden. Luego llegaron cinco kilómetros en bici. Gildersleeve le acompañó en una moto, que llevaba enganchado un transportín con Cayden. Pero Conner quería pedalear con su hermano y cubrió los últimos metros con dicho transportín en la bici.

Quedaba el último tramo. Casi un kilómetro de carrera. Conner se calzó los zapatillas, mientras sentaban a su hermano en un carrito. Zancada a zancada cubrió la distancia, mientras empujaba a su compañero de aventura. Eran dos hermanos felices.

Poco les importó cruzar los últimos la meta con un tiempo de 43 minutos y 10 segundos. Era lo de menos. Casi nadie podía imaginar que ambos pudieran competir juntos. Ni sus padres. “Estaba emocionada, les veía a los dos juntos en la meta, no dejaba de llorar. Vi cumplido el sueño de cualquier madre”, comenta Jenny. “Sabía que podía terminar la carrera, fue el mejor día de nuestras vidas”, afirma Conner.

La presencia de los hermanos Long se ha convertido en habitual en otras carreras. Ya han participado en 14 eventos, incluido un Iron Kids en Georgia. Siempre los dos juntos. Quizá pronto sean un equipo de tres. El pequeño Cooper (3 años) se perfila como un posible integrante del Team Long Brothers. Por muchas medallas que cuelguen de su cuello, para Conner no hay mejor premio que ver feliz a su Cayden. “Nunca correría solo, no sería justo para Cayden. Sin él no seríamos un equipo, me siento bien sacándole de su mundo y que sienta que me ayuda a ganar un carrera”, apunta Conner. “Porque algún día entraremos en primer lugar”, puntualiza.

Su gran objetivo es, cuando la edad se lo permita, competir en el Ironman de Hawái. “Pero no sin mi hermano”, recalca Cayden.