“En ese tiempo conté 39 veces la palabra crisis en la emisora de radio que iba escuchando…”

VALENCIA. Hace escasos días me invitaron a dar una conferencia en un Congreso que se celebra anualmente. Mi punto de destino desde Valencia estaba separado por escasos 90 minutos, yendo por carretera. En ese tiempo que duró el desplazamiento conté 39 veces la palabra crisis en la emisora de radio que iba escuchando. Durante el día que pasé en este foro empresarial sólo y exclusivamente oí queja y lamento en cuanto a la crisis, pero a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurría decir nada positivo.

A menudo quizá nos descubrimos quejándonos de pequeños rechazos, de faltas de consideración o de descuidos de los demás. Observamos en nuestro interior ese murmullo, ese gemido, ese lamento que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos; cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven.

Es la queja de un corazón que siente que nunca recibe lo que le corresponde. Una queja expresada de mil maneras, pero que siempre termina creando un fondo de amargura y de decepción y considero que pese a la incertidumbre que existe dentro de nuestra sociedad no nos podemos regodear en nuestra propia mierda (con perdón ).

Hay un enorme y oscuro poder en esa vehemente queja interior. Cada vez que una persona se deja seducir por esas ideas, se enreda un poco más en una espiral de rechazo interminable. La condena a otros, y la condena a uno mismo, crecen más y más. Se adentra en el laberinto de su propio descontento, hasta que al final puede sentirse la persona más incomprendida, rechazada y despreciada del mundo.

Además, quejarse es muchas veces contraproducente. Cuando nos lamentamos de algo con la esperanza de inspirar pena y así recibir una satisfacción, el resultado es con frecuencia lo contrario de lo que intentamos conseguir. La queja habitual conduce a más rechazo, pues es agotador convivir con alguien que tiende al victimismo, o que en todo ve desaires o menosprecios, o que espera de los demás -o de la vida en general- lo que de ordinario no se puede exigir. La raíz de esa frustración está no pocas veces en que esa persona se ve autodefraudada, y es difícil dar respuesta a sus quejas porque en el fondo a quien rechaza es a sí misma.

A lo largo de la vida nos damos cuenta de que también es importante aprender a minimizar los daños de la caída, es decir debemos adquirir la habilidad de “saber caer”. Y de igual o superior importancia es aprender de las caídas, es decir: analizar porque hemos caído y cómo hemos conseguido levantarnos y proseguir nuestra marcha. En este tiempo loco de velocidad, nos están faltando esos momentos de reflexión que nos ayudan a comprender la realidad con “todos sus pliegues”, como bien decía una amiga mía.

Desde mi punto de vista, cada día conviene afrontarlo desde la perspectiva de que va a ser necesario un esfuerzo para disfrutar plenamente de él. Debemos ser conscientes de que cualquier progreso en nuestro desarrollo lleva asociado un importante esfuerzo y una gran dosis de “ideas claras”. Los resultados que obtenemos de nuestros esfuerzos son directamente proporcionales, y además nos sirven como realimentación de nuestras actitudes y de los que nos rodean, algunas veces, muy pendientes de nuestras respuestas ante esos acontecimientos.

Afronta el día como la subida a la montaña, con energía y positivismo. Si tienes una recaída o te encuentras a un compañero en una mala situación, ayudémoslo a salir de esta situación, ¿qué beneficio nos reporta el victimismo? Hay momentos críticos en los que nadie se libra de sufrir, pero sí es posible no sentirse un ser angustiado y condenado a soportarlo todo, incluso nuestro día por delante en el trabajo. Circunstancialmente esto puede ocurrir, pero si este problema en vez de efímero se hace permanente, recapacita y aprende, porque quizás, tú seas parte del problema y no te ampares a rebufo de los aparentemente fuertes, o por tus jefes y responsables, que en vez de emprendedores y generosos los vemos infinidad de veces como causantes de nuestras desdichas.

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