Para vivir en paz lo primero que hace falta es aprender a escuchar. Vivimos en un entorno muy ruidoso por fuera y con muchas prisas por dentro, que hace realmente muy difícil que nos prestemos atención unos a otros. Hablamos con voz fuerte, nos movemos rápidamente, decimos a unos y a otros lo que tienen que hacer, pero a menudo somos incapaces de escucharnos realmente y, por tanto, de comprendernos. Quienes se han dado cuenta de esta situación, que tanto afecta a la comunicación en la empresa y a las Instituciones, se han apresurado a organizar cursos para persuadir a empresarios y directivos de que necesitan aprender a escuchar para ser verdaderos líderes. De modo semejante, abundan los cursos en los que se pretende adiestrar a vendedores y comerciales en las técnicas de la escucha al cliente para que lleguen a hacerse cargo realmente de sus necesidades.

Sin embargo, para aprender a escuchar no hay que esperar a ser un directivo en una Institución. La actitud de escuchar a los demás comienza en el ámbito personal y familiar, y atraviesa todos los niveles de la acción humana. A veces la comunicación se cuartea mediante silencios que parecen de plomo. En casi todas las familias o en muchas empresas hay personas que durante muchos años “no se hablan”, aunque sean hermanos, vivan en la misma escalera, trabajen en un mismo departamento o tengan intereses afines. Independientemente de las circunstancias concretas que en cada caso hayan originado esa lamentable situación —una herencia, una rivalidad—, la manera más efectiva de entenderlo es advertir que han cancelado la disposición a escucharse y a aprender uno de otro. Sólo escucha quien está dispuesto a cambiar, quien está dispuesto a rectificar, quien está dispuesto a pedir perdón, a decir “me he equivocado”.

Comprender a los demás es muy difícil. Requiere el empeño por resistir a la superficialidad y a la vanidad, pero sobre todo requiere hacerse cargo de lo que a los demás les pasa, aunque muchas veces ni siquiera sean capaces de decirlo y lo expresen sólo con su presencia, con su ilusión o con su desánimo. Para poder comprender a otra persona es preciso reconocer que aprendemos de ella. Al menos, como escribió la Madre Teresa de Calcuta, “estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados nos enseña algo sobre el amor”. Efectivamente, para poder escuchar es preciso no mirar el reloj, no tener prisa por dentro, tener paciencia. “La paciencia —escribió lúcidamente Von Balthasar— es el amor que se hace tiempo”.

Simplemente quería agradecerte tu tiempo, el que me hayas escuchado, comprendido, los silencios que me has obsequiado y por ponerte en mi lugar, ahora más que nunca.

A tu disposición siempre para tu escucha.